El teatro, por naturaleza tiene dos edades. En primer lugar es una práctica antiquísima de la cual no es posible ubicar ningún origen y que podría ser anterior al lenguaje verbal, pero además de rito milenario el teatro es también un fenómeno siempre contemporáneo, una disciplina que estuvo y estará en simbiosis con su presente, en retroalimentación constante con otras formas de conocimiento, participando de hecho y de derecho en el intercambio simbólico y de discursos de las sociedades a todos sus niveles. Ambos aspectos, el de rito tradicional y el de palestra para la expresión de la actualidad han mantenido una relación fructífera a lo largo (y antes) de lo que llamamos Historia.
Se sabe que esta dualidad en el tiempo no es exclusiva del teatro, y que comparte esta característica con casi todas las artes, menos las de reproducción técnica. Pero indudablemente, en el teatro, quizá por su carácter de presencia real es el escenario donde esas relaciones entre el rito y el experimento, la metafísica y la crítica, es el estremecimiento y la reflexión se hacen más patentes.
Este y muchos otros aspectos del arte y la sociedad encontraron las más variadas expresiones en las tablas durante los últimos ciento cincuenta años. La noción misma de teatro, así como la de sus elementos constitutivos (entre ellos muy especialmente el actor y el personaje) han sido repetidamente desmontadas y replanteadas.






Durante la década del cincuenta y sesenta se produjeron en Argentina los estrenos de las primeras obras de Beckett que junto a la producción de Harold Pinter y a las poéticas argentinas preexistentes configuraron la primera etapa de producción del teatro de Griselda Gambaro.